Tejer la capa de confianza - Tensegridad de Carlos Castaneda

Tejer la capa de confianza

Tejer la capa de confianza por Rosa Coll

“¡No seas confianzudo, che! Se solía decir años atrás, allá en el sur del continente, para frenar a esos que se nos acercaban demasiado –se nos acercaban, no tanto físicamente, aunque también podía ser de ese modo, cuanto que nos invadían con la palabra–; esos que acabábamos de conocer y ya se metían a opinar sobre nuestras vidas y hasta se atrevían a darnos consejos. Son esos que “no se ubican”, no saben su lugar: o están demasiado lejos y ni se los oye ni se los ve cuando haría falta verlos y oírlos, o están encima nuestro asfixiando nuestra vista y nuestro oído. En una palabra los tímidos, pues es propio de ellos creer que pueden compensar su timidez, es decir su borrosa figura, con esa forzada presencia.

También están aquellos –¿o son los mismos?– que “se toman demasiada confianza” con un cierto instrumento del que se sirven constantemente, sean un auto, una sierra o una motocicleta y terminan chocando, rebanándose un dedo o perdiendo la vida. Poco a poco vamos tomando confianza con respecto a algo que en un principio nos resultaba inmanejable –¡jamás soñamos poder gobernar semejante aparato!–, y eh aquí que de golpe –pues la realización siempre es repentina– nos sentimos seguras, ¡lo logramos!: sabemos manejar, y de ahí a ese: “¡Yo sé lo que hago!” no hay más que un paso. ¡Tenemos el orgullo tan a flor de piel! ¿No se descubrió acaso el otro día que el piloto del avión de Alaska Airlines que cayó al mar hace menos de un año, poco antes de aterrizar en San Francisco, supo casi desde la iniciación del vuelo que el sistema de estabilización no funcionaba bien y suprimió el sistema automático porque consideró que él podía estabilizar el avión? Así somos, decía el nagual Carlos Castaneda.

Y todavía están los otros –también nosotros–, los tímidos y las tímidas, a quienes por lo general no les va tan bien en la vida –¿cómo habría de irles bien con dos pasos hacia atrás por uno hacia adelante?–, y cuando algo bueno por fin nos sucede es tal la euforia, que ahí no más nos largamos a correr sin mirar a derecha ni a izquierda y al cruzar las vías no vemos el tren que se nos viene encima. Ni pizca de sobriedad, pura egomanía.

Mas no necesariamente tienen que ser así las cosas. Está la confianza del guerrero, el manto de confianza, que no es ciego, en absoluto: ve que el tren se le viene encima y no cruza; sabe que tanto el auto, como la sierra y la motocicleta son aparatos peligrosos, y por lo tanto los respeta, no se cree dueño de ellos. La confianza en el verdadero sentido de la palabra está ligada al respeto: respeto al otro, también a las cosas, y por supuesto también a sí mismo. El confianzudo desconoce el respeto, nadie le enseñó a respetar. El tímido no respeta, para vencer su timidez atropella. La confianza sabe esperar, pues precisamente de eso se trata: de saber que nuestro intento se va a realizar. La espera es una faz de la fuerza, el atropello lo es de la debilidad. La espera es modesta y sobria; ambas: sobriedad y modestia van de la mano.

Algunos mamaron la confianza con la leche materna, otros la tienen que construir; claro que lo ideal es lo primero, mas lo segundo no deja de ser una aventura fascinante: paso a paso construir la confianza, tejer el manto, literalmente tejerlo, con un hilo que va y que viene, que se trenza, que se engancha y se anuda sólidamente, cubriendo una superficie donde antes no había nada. Donde antes no había nada de confianza, es decir había desconfianza, ahora hay confianza. Tejer la capa es un trabajo, lleva esfuerzo, tiempo, dedicación, disciplina. Cada lazo implica el movimiento de un dedo; paso a paso se va tejiendo la capa, paso a paso voy formando esta conciencia de que puedo, donde imperaba el “no puedo”. La trama es tan cerrada que no hay espacio libre alguno en ella, no hay cabida ni para albergar la sombra de una duda. La tela de la capa es de puro poder y nada más que poder. ¡Qué alivio, qué explosión de alegría cuando descubro, veo, siento que puedo cambiar mi forma de pensar, que puedo colocarme en una posición para mí tan insólitamente nueva, tan ajena a mi modo habitual de ser, como lo es la convicción de que puedo! Así, al mover mis piernas, al agacharme, al mover mis brazos, mis antebrazos y mis manos enlazo la hebra y la ajusto para tejer la trama cerrada de ese pase mágico llamado la capa de confianza. Y aun sin pase mágico, al caminar, al sentarme, al teclear, al cocinar tejo asimismo la capa, y aún la sigo tejiendo sin movimiento físico alguno, y la cuelgo en el ropero, junto a mis otros abrigos; claro que es el único que uso todos los días Y mi vida se transforma mágicamente. Olvidé decir que tejo la capa con dos hebras, una es la hebra de poder, color naranja, y la otra es la hebra de sobriedad, color azul.

Por Rosa Coll, Publicado en la revista Fraktalum No. 4

4 comentarios

  1. Excelente texto, mucha lucidez.
    ¡La confianza sabe esperar, está ligada al respeto!
    Gracias por publicarlo.

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